17 noviembre 2009

caja 35

A primera vista, en ésta los géneros vienen muy mezclados. Libros sobre cartografía. Un diccionario de términos artísticos. El grabado en la ilustración del libro, de Francisco Esteve Botey. Un libro titulado Toscana, con los rascacielos de San Gimignano en la cubierta. Cuando esas torres aparecen entre las colinas sabes al instante que no podrás olvidarlas. Introducción a la estética, de E.F. Carrit: otra lectura del 74. No recuerdo muy bien la orientación del libro, pero sí que cita muchos fragmentos de poetas ingleses del XVIII y del XIX que yo no conocía por entonces. Men in dark times, de Hannah Arendt, que, evidentemente, ha ido a parar a una caja equivocada, porque en ésta todo parece pertenecer a un tiempo más luminoso. Aprovecho para leer el ensayo que dedica a Walter Benjamin. Más libros sobre el grabado. Un tratado de iconografía. Una Historia del Arte en España. Viaje a Italia, de Goethe. Estudios sobre iconología, de Erwin Panofsky. Un libro de imágenes sobre la Anunciación. Una guía de Sabbioneta. El ensayo de Titus Burckhardt sobre Chartres y el nacimiento de la catedral. Una guía de L’Ermitage. En ella, entre otros, El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt; La Virgen niña, de Zurbarán; El nacimiento de san Juan Bautista, de Tintoretto; La Judit de Giorgione; la Madonna Benois, de Leonardo (la Virgen es una niña de sonrisa maravillosa, que mira a su bebé, ¡tan serio! ¿Por qué en casi todas las madonne con niño ellas son tan hermosas y ellos tan poco niños, tan imperfectos incluso? ¿Sólo porque es más difícil pintar un niño que un adulto? ¿O porque sólo se tienen ojos para ella? Realmente, lo primero en lo que nos fijamos es en la Virgen, dejando para después al Verbo encarnado. ¿Por un reconocimiento de la imposibilidad de imaginar el Verbo encarnado? Sabemos con certeza absoluta que la representada allí es la Virgen, pero no estamos seguros de que el niño sea el Hijo); la Madonna Litta, también de Leonardo; la Madonna de la Anunciación, de Simone Martini (se dice que con el rostro de Laura, la amada de Petrarca, pero no deja de ser María); San Lucas pintando a la Virgen, de Van der Weyden; las maravillas de Friedrich; Napoleón en el puente de Arcole, de Antoine-Jean Gros. ¿Es necesario, además de todo lo que explica Clausewitz, que el general sea así, un héroe hermoso al que uno se sienta obligado a seguir? El azul de un puerto de Lorena. Luego, dos libros sobre Durero. Otro sobre Piero della Francesca. Otro sobre Hogarth. La edición de Filóstrato de LAC y Miguel Ángel Elvira. Un libro sobre Giotto. Otro sobre Giorgione. Catálogos de exposiciones y guías diversas. Libros de fotografía. Libros sobre estilos arquitectónicos. El múdejar. El arte mameluco, que, pese a su título, no trata de cierto arte contemporáneo. Un libro sobre los trabajos y los días de Mantegna en Padua y Mantua. ¡Otra edición de la obra de Clausewitz! Ya hay dos cajas en guerra. Otro libro sobre Mantegna. Y, al fondo del todo, el Diccionario de símbolos, de Cirlot.

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13 noviembre 2009

caja 7

Nada más abrirla, La caja de plata y El otro sueño, de Luis Alberto. La dedicatoria del primero lleva fecha de 20 de febrero de 1985 y dice: “Para Julio, que también escribió este libro. De su amigo fiel.” No escribí también ese libro, pero sí lo oí crecer poema a poema. Digo , porque, durante la década de los ochenta, siempre que él o yo hacíamos un poema, inmediatamente llamábamos al otro para leérselo. Si dudábamos de algún verso, pedíamos consejo, aunque yo poco podía ofrecer; si teníamos variantes, preguntábamos cuál de ellas quedaba mejor. Entre las muchas cosas que aprendí de él por entonces, la de elegir la solución más clara y directa, no siempre he sabido aplicarla. Tampoco he sabido limpiar de términos abstractos mi poesía. Será una cuestión de carácter. Siguen después más libros de Renacimiento: Raro y Jarvis, de Lorenzo Martín del Burgo. Una extraña ciudad, de José Mateos. Las canciones del alba, de José Julio Cabanillas. El último de la fiesta, de Carlos Marzal. El frente de Madrid y Tren de vida, de Fernando Lanzas. El hacha y la rosa, también de Luis Alberto. Pabellones, de Vicente Tortajada. Hacia otra luz más pura, de Miguel d’Ors. Y varios más, aunque echo en falta algunos. Estarán en otra caja o en otra ciudad. Revistas, plaquettes. Aquí sólo viene poesía contemporánea o, más bien, poesía de hace nada. Incluso cosas mías: Fragmentos de Europa y algunos cuadernillos. También aparece lo primero que publicó Vicente Gallego. El coleccionista y Los sueños, de María Victoria Atencia, que lleva esta dedicatoria de (¡Dios mío!) 21 de junio de 1977: “Para JMM, en recuerdo de un día de dubbia letizia e certa doglia. Cariñosamente.” Esa alegría y ese dolor son de Miguel Ángel. Algo le había escrito yo al respecto y ella, gentilmente, me lo recordó a su vez. Jugar en serio, de alguien que dice llamarse también Fernando López de Artieta. Algún interminable mérito, de Pedro Antonio Urbina. Intemperie, de Álvaro García. Más de Luis Alberto de Cuenca: varias plaquettes y Poesía 1970-1989, con prólogo mío. Conocimiento del medio, de Ángel Guinda. Las afueras, de Pablo García Casado. Varios libros de José Luis García Martín. Poesia espanhola de agora, de Joaquim Manuel Magalhaes. Espejos, de Abelardo Linares. Y muchos más, porque los libros de poesía no ocupan gran cosa.

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11 noviembre 2009

imagen y semejanza

una madonna de van eyck y el niño,
que miran desde el tiempo de la gracia,
ese claro en el tiempo incomprensible,
que dice imagen, gloria y semejanza.

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10 noviembre 2009

caja 24

Llegaron los pocos libros que me siguen de una ciudad a otra. Esta vez, no los pondré deprisa y corriendo en las estanterías. Los veré más despacio según vaya sacándolos de las cajas, porque puede que ésta sea la última que hojee algunos de ellos. Abro la 24, que es la que tengo más a mano. El primer libro que aparece es Hannah Arendt / Martin Heidegger, de Elzbieta Ettinger. La edición italiana lleva como subtítulo Una historia de amor y, como título, Hannah Arendt e Martin Heidegger. No sé. Esa barra que une y separa me parece más expresiva que la conjunción. Y, luego, el subtítulo, tan de gossip… No escribo nada en los libros, pero, en la última página, leo esta anotación: “¿Qué era ir de Marsella a Rosas?” Luego, curiosa coincidencia, dos recopilaciones de ensayos y artículos de Hannah Arendt sobre temas judíos (algunos de los artículos se repiten). Empiezo a ver que los libros vienen mezclados. Suelo ordenarlos por géneros y épocas, pero se ve que, cuando los metieron en las cajas en Túnez, buena parte de ese orden se perdió. El primer volumen de las obras completas en prosa de Charles Péguy (Pléiade). Vale la pena leer esta su prehistoria. No se entiende al Péguy de Les tapisseries sin este Péguy socialista, puro, combativo, incansable. Luego, Society and the Holy in Late Antiquity, de Peter Brown, y Derecho natural e historia, de Leo Strauss. Por lo que va saliendo, pienso que esta caja va a ser de las mejores. Leí los capítulos sobre Hobbes y Locke del libro de Strauss en una larga espera en el aeropuerto de Carthage. Inolvidables. Ahora, Nous autres, modernes, de Alain Finkielkraut, L’opium des intellectuels, de Raymond Aron y tres ensayos de Tzvetan Todorov: Éloge de l’individu y Éloge du quotidien, dedicados a la pintura flamenca y holandesa, que se leen con interés de principio a fin, y Theories du symbole, que me aburrió y dejé a medias. De repente, Kant. ¿Qué hacen aquí la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio? Lecturas del 74. Después, he releído ciertos capítulos del segundo de vez en cuando. Un facsímil de la traducción de 1774 del Tratado de los delitos y de las penas, de Cesare Beccaria. Lleva prólogo de Francisco Tomás y Valiente. Unos ensayos de Tolstoi sobre el arte. Abro al azar: “Después llegó Mallarmé, considerado como el más importante de los poetas jóvenes, y afirmó simplemente que el encanto de la poesía se encuentra en el hecho de que tengamos que adivinar su significado (...). Así, la oscuridad se ha elevado a dogma entre los nuevos poetas”. La decadencia de Occidente, de Spengler; una edición resumida de La ciudad de Dios, de san Agustín; Magna moralia, de Aristóteles; Proslogion y De veritate, de san Anselmo. Y, sí, todo mezclado, porque ahora salen del fondo de la caja las obras completas de Dostoyevski. Es la traducción de Cansinos. He leído a Dostoyevski en otras ediciones, pero resulta útil tener ésta siempre a mano. Después, un libro sobre Dostoyevski y San Petersburgo. Como no leo ruso, me conformo con ver los grabados, que tienen cierto aire expresionista. Y más mezcla: una edición barata de las obras de Shakespeare, de las que se hacían en Hungría o en Checoslovaquia, que da paso a los dos tomos de la traducción de Astrana Marín y a un librito sobre las huellas de Shakespeare en Southwark y en Stratford-Upon-Avon. Recuerdo el día en que lo compré y lo leí. Trevor J. Dadson y yo veníamos de ver las ruinas de la catedral de Coventry. ¡Qué triste Europa! En Stratford, lluvia y viento británicos. Un pub con la chimenea encendida, una pinta de ale y un plato caliente, también británico, que me supo a gloria, pese a sus irreconocibles ingredientes. También del fondo, Masa y poder, de Canetti, y De la guerra, de Clausewitz. Y esto es casi todo lo que contenía esta caja.

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08 octubre 2009

juan 5:4

En Bethesda, junto a la piscina probática, intentando imaginar cómo sería aquel espacio con sus cinco pórticos intactos y calculando la profundidad de aquellas aguas que, de vez en cuando, se agitaban. El versículo no figura en los manuscritos griegos más antiguos. No figura tampoco en la Vulgata, pero sí en otras versiones también muy antiguas (p.e., en su comentario a Juan, lo cita san Juan Crisóstomo). Algunas traducciones modernas lo recogen y otras no. Los enfermos, los ciegos, los paralíticos están pendientes de que se produzca la más mínima agitación en la superficie. Es el momento de lanzarse rápidamente a la piscina, porque el primero que lo hace se cura por completo de todas sus dolencias. ¿Qué aclara este 5:4, que a veces está y a veces no está? Algo que sabían los contemporáneos del milagro que allí se narra, pero que podía resultar ya un misterio para las generaciones futuras; a saber, que era un ángel del Señor el que agitaba las aguas.

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01 octubre 2009

poesía y tristeza

A partir de cierta época (pongamos, finales del XVIII) el poema es, predominantemente, triste o melancólico. El poeta puede no serlo ni en el momento de escribir; pero el poema y el lector en el momento de leer lo son de forma mayoritaria. Puede ocurrir incluso que un poema sin rastro de tristeza ni de melancolía sea transformado en algo muy triste y melancólico por el lector. Antes, la tristeza era un tema como cualquier otro, o un elemento más, que podía aparecer o no en el poema, porque la vida no siempre es triste. Ahora, si no media la tristeza, puede que la hermosura no le diga nada a nadie.

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09 septiembre 2009

jaffa

Jope (o Jaffa o Yaffo) era un puerto en el que se podía encontrar un barco que partiese rumbo a cualquier lugar remoto: Tarsis, por ejemplo. Un barco para huir de Dios, de las órdenes de Dios: “Ve a Nínive, la gran ciudad, y diles que sus pecados…” (Jon 1, 1-3). Jope era, pues, el puerto adecuado para encontrar un barco destinado al naufragio. Fue también la puerta por la que entraron los cedros del Líbano utilizados en la construcción del templo de Salomón (2 Cro 2, 15) y en su reconstrucción en época de Ciro (Esd 3, 7). Dicen que, mucho antes, fue en Jope donde Perseo liberó a Andrómeda, que estaba encadenada a una roca frente al mar, seguramente, enfurecido. Aunque algo así, como no ocurrió, da igual que ocurriera aquí o en cualquier otra parte. Y en Jope, finalmente, es donde Pedro resucitó a Tabita (Act 9, 36-43). Siempre valdrá la pena releer, por la trascendencia de lo que allí se narra, todo el capítulo siguiente (Act 10), que también tiene que ver con Jope.

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